miércoles, 24 de febrero de 2016

Reencuentro


-¿De dónde vienes?
-De dejar a mis hijos con su padre…

Tenía tan solo 22 años… él 25. Recién separada de mi esposo, con 2 hijos. Me sentía libre por fin. Libre de vivir todo lo que antes no había podido: fiestas, chicos, tiempo para mí sin “policías”.

Fue un momento mágico con un  muchacho que conocí en el momento, charlamos durante horas como si fuésemos los mejores amigos de toda la vida. Tanto así que decidimos no separarnos esa noche. Cantamos, hablamos… nos conocimos, nos hicimos el amor tierna y cálidamente…



Hace ya 15 años de ese hermoso día y hoy me volví a encontrar con él.

En el inter de ambos encuentros lo habré visto alrededor de 5 veces.
No he podido explicarme exactamente lo que he sentido al dar la vuelta y dejarlo atrás.

Es que verlo fue ver mi historia durante una apresurada hora. Vi de pronto pasar 15 años de mi vida mientras lo escuchaba hablar, mientras lo observé comer, mientras redescubría su rostro y disfrutaba de su voz que tan familiar me ha sido siempre… no sé el por qué.

Vi en sus ojos a aquella niña que era madre de dos cachorritos. Vi el temor que sentía de estar sola y el cómo su compañía durante unas cuantas horas de aquel ayer era para mí un bálsamo sanador a mi locura. Vi mis excesos pasar corriendo por atrás cuando recordamos aquel porro que fumamos juntos alguna vez.

Pero más allá de todo eso, vi una soledad tan enorme!! El verlo me hizo recordar cómo un abrazo suyo por momentos me hacía sentir viva y que todo el mundo podía caerse en ese instante sin que a mí me importara. El día de hoy tuve que ver lo tremendamente sola que me sentía, lo desvalorada que estaba, la necesidad tan tremenda que tenía de amor, de compañía, de un par de oídos que me escucharan, de unas manos que con gusto me tocaran, de una voz que gustoso me platicara sus proyectos y hazañas.  Nunca se lo dije y a decir verdad no sé si alguna vez lo notó, pero él para mí era un consuelo, era un anhelo de un momento hermoso, era la anestesia a tanto y tanto dolor que internamente me acompañó por años.

Si hago las cuentas de las veces que he visto a este hombre, en realidad no llego a 10. Sin embargo todas y cada una de ellas me han dejado marcada por una u otra razón.

La anterior a esta… 2007: el peor año de mi vida. El año en que me quitaron a mis hijos por mi forma de beber, el año en que conocí las puertas del infierno y las escuché cerrarse tras mis espaldas. El año en que estuve a punto de morir y no conocía otra forma de quedarme dormida si no era completamente intoxicada. El año en que perdí mucho más que dignidad, valor y amor propio… Aquella vez estuvo él y hoy lo recuerdo como un fantasma.

El encontrarme con él el día de hoy me removió sin querer una historia de dolor, de soledad, de aturdimiento, de desesperación y al volver a mi lugar no he podido evitar el llanto por aquella mujer tan desorientada y desamparada que fui durante 10 años… por aquella mujer que sin saberlo en ese momento era una huérfana aferrada a lo que fuera con tal de sentir un ratito, un poquito el tan anhelado amor que necesitaba…

Y no puedo dejar de dar gracias también. Gracias porque hoy me presenté ante él ya no por una necesidad descomunal de sentirme amada. Gracias porque hoy no soy una pequeña espantada jugando a ser madre e intentando ser una mujer. Gracias porque hoy no necesito alcohol ni ninguna otra sustancia para poder dormir. Gracias porque no necesité que me tocara o que me prometiera volver a verlo para sentirme “bonita” o “amada” o “deseada”. Gracias porque al mirar de nuevo sus ojos me di cuenta de que todo nace, muere y puede renacer… incluyéndome a mí.

Gracias porque aunque fue una parte importante de esa cruel historia hoy también me recordó que todo lo que sucedió tenía un sentido y la dirección la doy yo.

Finalmente gracias porque de nuevo me encontré con un amigo y porque caí en la cuenta que ahora el amor, el VERDADERO AMOR, me lo doy yo.

Galhamar Ryg


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